Caminar para pensar: el hábito que sostiene mi semana
Hace unos años habría dicho que no tenía tiempo para caminar. Dirigir un establecimiento educacional es vivir en modo reacción: correos que no terminan, reuniones que se encadenan, problemas que llegan antes del primer café. La idea de “hacer ejercicio” me parecía un lujo de gente con la agenda más vacía que la mía.
Estaba equivocado, aunque no de la forma en que me imaginaba.
Lo que noté, sin buscarlo
No fue una decisión consciente de empezar a caminar. Fue el conteo de pasos del teléfono, que un día miré casi por curiosidad. Ese día, sin haber salido a caminar en ningún momento, ya llevaba más de ocho mil pasos antes de almuerzo.
No hay misterio: es el trabajo mismo. Subir y bajar escaleras entre pisos, cruzar el patio para resolver algo en terreno, ir de una sala a otra, salir a mirar una fila o un problema que no se resuelve por teléfono. Dirigir un establecimiento con distintos niveles significa estar físicamente ahí, moverse todo el día entre espacios, no quedarse sentado firmando papeles.
No es un hábito parejo
Aquí tengo que ser honesto, porque la tentación es contar esto como un logro consistente y no lo es. Hay días de puras reuniones, sentado de principio a fin, donde el conteo apenas se mueve. Y hay otros —los más típicos— donde paso de los ocho mil pasos sin darme cuenta, simplemente por la naturaleza del día.
No es una rutina que yo sostenga con disciplina. Es más bien una consecuencia del oficio: cuando el trabajo me obliga a moverme, me muevo: cuando no, no.
Lo que sí me deja pensando
Lo que me interesa de esto no es el número en sí, sino lo que revela: que uno puede pasar el día entero “ocupado” sin necesariamente estar quieto. La imagen de quien dirige, pegado a un escritorio, no calza con lo que realmente vivo la mayoría de las semanas.
No tengo una conclusión ordenada sobre si esto me ayuda a pensar mejor, como me hubiera gustado afirmar. Lo que sí puedo decir es que los días de puro escritorio se sienten distintos —más pesados, más encerrados— que los días de ir y venir por el establecimiento. Si hay una relación entre moverse y pensar con más claridad, en mi caso no viene de una caminata programada, sino de este movimiento involuntario que impone el trabajo mismo.
Quizás valga la pena, en algún momento, hacer la prueba contraria: caminar a propósito, sin que el trabajo me obligue. Todavía no lo he hecho.