Tecnología

Inteligencia artificial en el aula: ni fe ciega ni pánico

Por Gustavo Sepúlveda 2 min de lectura

Cuando aparecieron los primeros asistentes de inteligencia artificial capaces de redactar un ensayo en segundos, en muchas salas de profesores se instaló la misma conversación de siempre frente a cada tecnología nueva: o es el fin de la educación, o es la salvación definitiva. Casi nunca es ninguna de las dos.

Después de un par de años viéndola funcionar de cerca, me convencí de algo simple: la IA no reemplaza el pensamiento, pero sí revela cuánto pensamiento le pedíamos de verdad a una tarea. Si un trabajo se puede resolver entero copiando y pegando una respuesta automática, quizás el problema no es la herramienta, sino lo que estábamos pidiendo.

Lo que la IA hace bien (y conviene aprovechar)

No todo es amenaza. Bien usada, una IA generativa puede:

  • Dar retroalimentación instantánea sobre un borrador, para que el estudiante itere antes de entregar.
  • Explicar un concepto de cinco formas distintas hasta dar con la que hace clic.
  • Quitarle al profesor tareas mecánicas —generar ejercicios variados, resumir un texto largo— y devolverle tiempo para lo humano: acompañar, observar, conversar.

En nuestro establecimiento empezamos por lo más modesto: usarla como un tutor paciente que nunca se cansa de explicar otra vez. Esa es, quizás, su mejor versión.

Lo que no podemos delegar

Hay una línea que conviene no cruzar. La IA puede ayudar a producir texto, pero no puede hacer por el estudiante el trabajo de entender. Y distinguir esas dos cosas es, hoy, parte central de enseñar.

Una calculadora no arruinó las matemáticas; obligó a preguntarnos qué valía la pena calcular a mano. La IA nos hace la misma pregunta sobre escribir, resumir y argumentar.

El riesgo real no es que los estudiantes “hagan trampa”. Es que aprendan a tercerizar su criterio antes de haberlo desarrollado. Por eso el foco debería estar menos en detectar y más en diseñar: tareas donde el proceso sea visible, donde haya que defender lo escrito en voz alta, donde la pregunta tenga más de una respuesta posible.

Una postura intermedia

No soy tecnoptimista ni tecnófobo. Lidero un establecimiento educacional que vio entrar esta herramienta por la puerta de atrás, en los teléfonos de los estudiantes, mucho antes de que ningún ministerio dictara una norma.

Mi apuesta es enseñar a usarla con criterio: cuándo ayuda, cuándo estorba, cuándo simplemente miente con seguridad. Esa alfabetización —saber convivir con una máquina que habla bien pero no sabe lo que dice— será una de las competencias más importantes que podamos dejarles.

Ni fe ciega ni pánico. Atención, que es distinto.

← Volver al blog