Educación

Jornada Escolar Completa: ¿más horas significan mejor educación?

Por Gustavo Sepúlveda 9 min de lectura

Hace más de veinticinco años que los colegios y establecimientos chilenos funcionan con Jornada Escolar Completa. Para la mayoría de las familias, hoy es lo normal: los estudiantes pasan gran parte del día en el establecimiento. Pero esa rutina nació de una apuesta enorme, y vale la pena preguntarse, con datos en la mano, si esa apuesta resultó.

La respuesta corta es matizada: la Jornada Escolar Completa transformó el sistema escolar en infraestructura, organización y protección de las familias, pero su efecto sobre los aprendizajes —medidos en pruebas como el SIMCE— fue pequeño. Y el motivo de fondo no es el número de horas, sino qué se hace con ellas.

Qué se quiso lograr

La Jornada Escolar Completa nació con la Ley N° 19.532, promulgada en 1997. Su idea era sencilla de enunciar y ambiciosa de cumplir: si los estudiantes pasan más tiempo en el colegio, tienen más oportunidades de aprender, y eso debería ayudar especialmente a quienes en sus casas no cuentan con un espacio tranquilo para estudiar.

En concreto, la ley fijó un mínimo de 38 horas semanales de trabajo escolar entre 3° y 8° básico, y 42 horas en enseñanza media, tanto científico-humanista como técnico-profesional. Antes de eso, muchos establecimientos funcionaban en dos turnos —uno en la mañana y otro en la tarde— y compartían el mismo edificio entre grupos distintos de estudiantes.

Un punto clave: la reforma no buscaba simplemente “más clases de lo mismo”. Una parte de ese tiempo extra se entregó como horas de libre disposición, pensadas para que cada establecimiento las usara según su proyecto educativo: talleres, deporte, arte, ciencia, formación ciudadana. La idea era ampliar el horizonte, no estirar la jornada repitiendo Lenguaje y Matemática toda la tarde.

El impacto en los aprendizajes: real, pero modesto

Aquí está el dato que más sorprende a quienes esperaban un salto en los puntajes. La evidencia muestra que el efecto de la Jornada Escolar Completa sobre los aprendizajes fue pequeño.

El estudio más citado, del investigador Cristián Bellei, encontró mejoras reales pero discretas en Lenguaje y Matemática, algo más notorias en estudiantes de zonas rurales y de establecimientos públicos. No fue un fracaso —hubo avance—, pero tampoco el milagro que se esperaba de una inversión tan grande en tiempo, infraestructura y recursos.

¿Por qué? La explicación es pedagógica, y cualquier docente la reconoce de inmediato: una hora adicional solo enseña más cuando está bien diseñada. Una hora con objetivos claros, con metodologías que involucran al estudiante, con retroalimentación y apoyo, suma. Una hora más de clase frontal, de guía mecánica o de repaso fatigado al final del día, no produce gran cosa. El tiempo, por sí solo, no educa.

El verdadero problema: en qué se usaron las horas

Este es probablemente el hallazgo más importante para cualquier equipo directivo, y explica buena parte de lo anterior.

Las horas de libre disposición —esas que debían abrir espacio para el arte, el deporte, la ciencia o la convivencia— terminaron, en muchos establecimientos, dedicadas a reforzar las asignaturas tradicionales. Según el estudio del Centro de Estudios del Ministerio de Educación sobre el uso de estas horas, la tendencia fue clara: se ocuparon sobre todo en Lenguaje y Matemática. En la educación media, por ejemplo, los establecimientos particulares subvencionados las usaron para Lenguaje y Matemática en proporciones notoriamente más altas que los municipales.

Visto en una tabla, el contraste entre lo que se esperaba y lo que ocurrió es elocuente:

Lo que la JEC buscabaLo que muchas veces pasó
Formación integralRefuerzo de asignaturas tradicionales
Talleres de arte, deporte y culturaMás horas de clases convencionales
Desarrollo socioemocional y ciudadanoPreparación para pruebas estandarizadas
Flexibilidad según el proyecto de cada escuelaUso parecido y academicista en todas
Innovación pedagógicaMás de lo mismo, pero por más horas

No es un detalle menor: es el corazón del asunto. La presión por mostrar buenos resultados en el SIMCE y en las pruebas de admisión a la universidad empujó a muchos establecimientos a usar ese tiempo en lo que se mide, en lugar de en lo que forma. Es una contradicción que conviene mirar sin culpar a las escuelas: el sistema pedía formación integral, pero premiaba el rendimiento medible. Es como exigirle a alguien que corra una maratón, toque violín y resuelva un cálculo, pero evaluarlo solo por la rapidez con que llega a la meta.

Tan reconocida es esta distorsión que, en años recientes, se avanzó en regular estas horas para que no puedan usarse en asignaturas obligatorias, de forma progresiva, justamente para devolverles su propósito original.

Lo que sí funcionó: equidad y protección de las familias

Sería injusto medir la Jornada Escolar Completa solo por los puntajes. En otros terrenos, sus efectos fueron claros y valiosos.

El más evidente es la protección y el cuidado. Tener a niños, niñas y adolescentes en la escuela durante más horas significa un entorno seguro, alimentación, y menos exposición a riesgos. Para muchas familias también significó algo concreto: poder trabajar. Diversos estudios han asociado la expansión de la Jornada Escolar Completa con una mayor participación laboral femenina, porque el cuidado de los hijos durante la jornada dejó de ser una barrera para que las madres accedieran o se mantuvieran en un empleo.

Algunas investigaciones también han vinculado la jornada extendida con menores tasas de maternidad adolescente y de conductas de riesgo en jóvenes, aunque estos resultados conviene leerlos con prudencia: son estudios específicos, no una evaluación oficial definitiva.

En el fondo, esto revela una faceta muchas veces olvidada: la escuela, además de enseñar, cuida, iguala oportunidades y sostiene a las familias. Para estudiantes que fuera del colegio tienen poco acceso a espacios deportivos, culturales o de apoyo, la jornada completa puede ser una herramienta poderosa de equidad.

La transformación material e institucional

Otro impacto enorme, aunque menos comentado, fue físico. Pasar a jornada completa obligó a ampliar y mejorar salas, comedores, cocinas, baños, talleres y patios en miles de establecimientos. Fue una inversión pública considerable, especialmente en el sector municipal y subvencionado.

La reforma también cambió la organización del trabajo docente. Ayudó a que los profesores se concentraran en un solo establecimiento, reduciendo en parte la figura del “profesor taxi” que corría entre varios colegios para completar sus horas. Pero ese avance convivió con un problema que persiste: más tiempo dentro de la escuela no siempre se tradujo en mejores condiciones para planificar, trabajar en equipo y descansar. Y una jornada larga sin tiempo real de preparación y colaboración agota tanto a estudiantes como a docentes.

Lo que se puede concluir con honestidad

Ordenando la evidencia, quedan algunas conclusiones firmes:

La Jornada Escolar Completa amplió de forma significativa el tiempo escolar y obligó a mejorar la infraestructura y la organización de los establecimientos. Su huella material fue profunda.

Su efecto en los aprendizajes fue bajo o moderado, no proporcional a la inversión ni a las expectativas. Los estudios muestran resultados dispares, con mejoras pequeñas y algo mayores en sectores rurales y municipales.

La calidad del uso del tiempo importa más que la cantidad de horas. La jornada rinde cuando hay una estrategia pedagógica detrás: objetivos claros, acompañamiento docente y experiencias con sentido.

Las horas de libre disposición se usaron mayoritariamente para reforzar Lenguaje y Matemática, lo que limitó la formación integral que dio origen a la reforma.

La jornada generó beneficios sociales relevantes: cuidado de los estudiantes, apoyo a las familias y mayor participación laboral femenina.

Y un punto que no debe perderse de vista: falta una evaluación estatal reciente e integral que mida el impacto de la jornada en el Chile de hoy, después de la pandemia, los cambios curriculares, el nuevo Sistema de Admisión Escolar, los Servicios Locales de Educación y la crisis de asistencia.

Mi mirada desde la gestión

Después de años en la gestión de un establecimiento educacional, mi convicción es esta: la Jornada Escolar Completa no debería desaparecer, sino rediseñarse desde su sentido pedagógico.

Reducirla solo porque no subió lo suficiente los puntajes sería un error. Pero mantenerla como un bloque de horas adicionales, sin innovación, sin descanso y sin experiencias que dejen huella, sería otro error: más cómodo, pero igual de costoso.

El desafío no es tener más tiempo en el establecimiento. El desafío es lograr que ese tiempo sea realmente educativo. En un establecimiento técnico-profesional como el nuestro, esa jornada bien usada puede articular reforzamiento focalizado donde de verdad se necesita, talleres conectados con las especialidades, actividades artísticas y deportivas, alfabetización digital y uso ético de la inteligencia artificial, convivencia y participación estudiantil, orientación vocacional, vínculo con el territorio y el mundo productivo, y estrategias de bienestar y revinculación para los estudiantes que más lo necesitan.

La fórmula que defiendo es simple: menos horas de repetición y más experiencias de aprendizaje con propósito. Una jornada completa bien diseñada puede ser una de las mejores herramientas de equidad que tiene el sistema. Una jornada mal aprovechada es, apenas, una tarde más larga.


Fuentes

  • Ley N° 19.532 (1997), que crea el régimen de Jornada Escolar Completa Diurna. Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (Ley Chile).
  • Ley N° 20.370, General de Educación, sobre horas de libre disposición y el rol del Consejo Escolar en su definición.
  • Bellei, C. (2009). Does lengthening the school day increase students’ academic achievement? Results from a natural experiment in Chile. Economics of Education Review, 28(5).
  • Centro de Estudios del Ministerio de Educación (2017). ¿En qué usan los establecimientos sus horas de libre disposición? Análisis de la Encuesta Horas de Libre Disposición 2017 en establecimientos con Jornada Escolar Completa. Documento de Trabajo N° 11.
  • OCDE — PISA 2018. Datos sobre horas de instrucción anuales (Chile figura entre los países con mayor cantidad de horas escolares al año).
  • Contreras, D., Sepúlveda, P. & Cabrera, S. (2010). Estudios sobre el efecto de la Jornada Escolar Completa en la participación laboral femenina en Chile.

Este artículo fue elaborado con apoyo de inteligencia artificial generativa para la organización y redacción de la información, a partir de fuentes oficiales. La mirada, el criterio y las conclusiones son del autor.

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